Dioses, iluminados y místicos en la religiosidad asiática

Si en Occidente la relación con la divinidad siempre se ha entendido como una relación del hombre con algo superior y externo -llámese Dios, dioses o con cualquier otro nombre-, la religiosidad oriental se percibe mejor como una relación del individuo con lo más profundo de sí mismo. En las cosmogonías asiáticas existen, claro está, los dioses, los genios, los seres sobrenaturales, los conceptos trascendentes, la búsqueda de la inmortalidad, lo eterno, la lucha del Bien contra el Mal, lo infinito... Pero el matiz distintivo quizás no se encuentre tanto en el sometimiento del hombre a un Creador incomprensible y exterior a él, como en la búsqueda incesante del equilibrio en el interior de la persona, como señal y medio de comprender y alcanzar ese mismo equilibrio entre la propia persona y su entorno natural, entendiendo como tal el universo, el cosmos, el Todo, incluidos los dioses creadores y eternos y la pirámide de los seres sobrenaturales. En definitiva, la paz interior establecida como camino necesario para el encuentro con la divinidad.

Esta percepción puso en camino a numerosos occidentales rebeldes hacia los monasterios del Himalaya, sobre todo durante la segunda mitad del siglo XX. Es probable que la cultura occidental no pueda ya dar mucho más de sí a quienes advierten que la felicidad íntima está más allá de la posesión de bienes, del liderazgo social, del crecimiento económico sin límites o de la cultura de la prisa. Pero el hecho de maldecir la propia cultura y peregrinar a Oriente en busca de la paz interior volvería a indicar, paradójicamente, esa dependencia que experimenta el occidental con respecto a lo exterior a sí mismo.

A lo largo de su historia religiosa, Asia enseña, sobre todo, el camino del peregrinaje interior hacia lo más profundo de la paz con uno mismo y con el entorno.

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